Pueblo San Jerónimo Aculco Lídice
Historia, Memoria e Imagen

ASÍ FUE MI NIÑEZ EN SAN JERÓNIMO ACULCO LÍDICE

admin | Miércoles, abril 25, 2018

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Una primera versión de esta narración participó en el concurso “Cuéntame la Historia de Tu Barrio” que convocó la Secretaría de Educación del Gobierno del Distrito Federal durante el presente año y mereció una Mención Honorífica.

En la escena de mis pensamientos aparece una gran cantidad de reminiscencias de mis años mozos.

Recuerdo que tenía ocho años cumplidos cuando a las cinco de la mañana, despiadada o brutalmente se interrumpían, sin miramiento alguno, los felices sueños que yo gozaba.

¡Ah!, es que nunca se me preguntó si yo quería cooperar o estaba dispuesto a realizar diversos trabajos que parecían sencillos, pero que no lo eran.

Supongo que a mí, como muchos niños más que en sus casas generaban el sustento familiar, tampoco se les preguntó si querían participar o no de las actividades productivas. Ya sabes, el viejo veía las cosas distintas desde su punto de vista, y como el mío no contaba, entonces sucedía lo inevitable: ¡hágase la voluntad del patriarca!.

Mi padre se llamaba Enrique Heredia Trueba, él; mis tíos Trinidad y Jerónimo y mis hermanos nacimos en el Pueblito de San Jerónimo Aculco. Mi papá nació en 1906 y a los 10 años de edad se lo llevaron a vivir, junto con mis tíos, al centro de la ciudad capital del país, de donde era mi abuela Virginia Trueba.

Mi padre regresó a vivir al pueblo en 1932, ya traía le experiencia de vivir en el centro de la ciudad, por lo que además de encontrarle gusto al cultivo de las huertas, como la mayoría de las familias de aquí, también se interesó en desarrollar la industria y el comercio.

Él, lo mismo que mi tío Jerónimo, heredaron de mi abuelo Felipe Heredia muy buenos terrenos para el cultivo y para sacarle algún otro provecho económico distinto. El terreno que mejor localización gozó en aquellos años, sigue estando en una esquina muy concurrida y comercial, a una cuadra del centro de la localidad a un costado de la primaria y a una calle de la Avenida Guerrero, hoy, Avenida San Jerónimo.

En se predio, en aquel entonces, mi padre echó a andar una panadería, la que funcionó de 1950 y hasta 1969. Esa rama industrial, como todavía lo es, era dominada ampliamente por españoles.

A pesar de ello, y de que había otras panaderías en el territorio de la delegación Magdalena Contreras, el negocio de mi papá tenía la capacidad de distribuir lo que producíamos en varios pueblos, barrios y colonias de la delegación.

En ese sentido mi padre fue visionario y audaz, ya que incursionó en un mercado prácticamente monopolizado por los hijos de la madre patria.

Hoy me llena de orgullo saber que así se las gastaba mi padre, ¡es de reconocerse la perspectiva con la que proyectó un negocio¡.

El sitio era inmejorable, no recuerdo porque razón se cerró, pero no tardó mucho en que en esa misma manzana y acera, sobre la Avenida, unos españoles montaron una panadería sustituta, la que hasta hoy sigue funcionando.

En esa industria no sólo participábamos sus hijos, ya que tuvo empleados del mismo pueblo, entre ellos Remedios Ruiz y Teofilo Alvarado, así como otro que venía a trabajar desde el pueblo de San Bernabé Ocotepec.

De esos trabajadores ajenos a la familia sólo vive Remedios, quien siendo jovencita también trabajaba en la madrugada, y de ahí para la Escuela Primaria del pueblo, a ella le tocó el cambio de nombre del plantel, ya que antes se llamaba San Jerónimo, y a partir de 1942 se le cambió a Lídice, lo mismo que a nuestro pueblo.

Teofilo ya falleció, sin embargo es recordado por Remedios con mayor detalle, ya que ella fue objeto de sus múltiples bromas y chascarrillos, ella recuerda, recientemente me lo ha comentado; que al momento en que amanecía ella y sus compañeros ya estaban agotados de la jornada nocturna, lo que propiciaba que Teofilo les jugara bromas.

Quien tuviera un rato de debilidad y cerraba sus ojos se convertía en el bufón de los demás, ya que les colocaba un cerillo en sus zapatos o guaraches, y lo encendía, de modo que el calor hacía contacto con la piel del calzado o del pie, o peor aún, con la tela de las alpargatas, lo que los despertaba despavoridamente.

Las carcajadas no se dejaban esperar, era el mejor despertador que tenían los panaderos de ese turno.

Recuerdo muy bien que Teofilo por muchos años fue el francesero de la industria de mi padre. Él llegó de la colonia Escandón, en San Jerónimo no sólo encontró trabajo, también conoció a su esposa, Doña Mary Zavala, ella sí es originaria del pueblo y aún vive aquí, entre nosotros, con su hijos, quienes profesan, al igual que muchos como yo, un gran amor por el pueblo de San Jerónimo Aculco Lídice.

Volviendo a la tarea que mi padre me encomendaba en la panadería, recuerdo muy bien que consistía en contar escrupulosamente una cantidad interminable de bolillos y teleras, pan de dulce, pan español ¡y qué sé yo cuantos nombres más!.

La lista era interminable nunca se creía que ibas a terminar, pero ¿ya que hacías?, ¡ahí si funcionaba la leyenda de copelas o cuello!

¿Qué te quedaba?, en ese tiempo, con esa edad, me sentía como uno más de los esclavos de Valle Nacional, o qué se yo, de verdad que así lo llegué a pensar en algún momento.

Con el paso de los años, de las reprimendas y también de los momentos gratos; me fui acostumbrando y no lo dude en consentir y disfrutar de la tarea encomendada.

Y como no lo iba a ser: saben que estar en contacto con las conchas, los panqués, los bísquets, las limas, las chilindrinas, los besos, los cuernos, los mamones que eran de puro huevo y mantequilla: los huaraches, las apasteladas, los ladrillos; piedras, huesos, rejas, alamares, magdalenas, marías, picones, polvorones de azúcar y de glas y tantos que escapan a mi mente en este momento, pero créanmelo: ¡ya hasta se me hizo agua la boca tan solo de recordarlo!.

Acabada la tarea, teniendo las piezas contadas y empaquetadas, nos disponíamos a emprender el viaje para cumplir con el compromiso de entregar cada uno de los pedidos.

A mi corta edad no sabía de qué manera se habían pactado esos compromisos, pero poco a poco fui dándome cuenta de la mecánica del acuerdo y así realizábamos la tarea, la que día con día cumplíamos cabalmente, sin excusa alguna.

Ya para las siete y media de la mañana regresábamos, y con una rapidez de militar nos cambiábamos de indumentaria; nos echábamos vaselina, nos pasabamos el peine y córrele directito a la escuela, la que estaba tan solo a treinta metros de la casa y, aun así, se nos hacia tarde, cada mañana era lo mismo.

El día que llegaba temprano, un par de minutos, apenas y comenzaba a disfrutar del patio de la escuela en el preámbulo de las clases, pude estudiar a doña Jose, la señora que tocaba la campana que definía quien entraba a tiempo o con retardo.

Como conserje era implacable, ella era de estatura baja; pelo rizado, regordeta. Ella vivía en la conserjería de la escuela con su familia, ¿quién la podría olvidar? su personalidad a mi me resultó encantadora. Al momento del campanazo hacíamos inmediatamente la formación para, después enfilarnos hacia el salón de clases.

Desde ese momento comencé a darme cuenta de que en la vida tienes mucho que aprender; que debes saber defenderte, ¡es una constante que no tienes que perder de vista!, sin embargo esto lo vas puliendo como un diamante todos los días y en todo lugar, sin excusa.

De lo que ocurre en el salón de clases no hay mucho que platicar, ustedes saben que el método de enseñanza nos hace creer que casi siempre es lo mismo, no hay nada nuevo, pero eso sí, entre lo cotidiano, ya sabes, te ríes a veces hasta de lo más insignificante: de los listos, de los que tienen un nombre raro y que se conocen más por su apodo.

Había un amigo que tenia ligeramente un desvío de su boca, se llamaba Pedro y le decían el “pico chulo”. ¡No se imaginan como otro amigo, de nombre Jesús, lo hacía repelar hasta el hartazgo! Mientras que el ofendido, ya muy enfadado, acababa golpeándolo y Jesús, llorando sin remedio.

Otros eran los momentos en que llegaba la hora del recreo, ya saben, como habíamos salido precipitadamente de la casa no hubo tiempo para llevar nuestro desayuno, y allí tenías en la puerta de la escuela a la sacrificada madre, que no fallaba con una torta o unos tacos de huevo con frijoles bayos, ¡no saben que delicia!.

Por esta circunstancia precisamente no era yo el más popular de la escuela, sino al revés, creo que me odiaban y con esto siempre buscaban como hacerme la vida de cuadritos, desde entonces se daba el fenómeno del acoso escolar, pero creo que no me hacía mella, era mayor el impacto del trabajo de la panadería.

Ya les digo, te vas curtiendo y con ello aprendiendo, te das cuenta que la vida es un misterio, una permanente intriga, a la que hay que aprender a vivirla, ni hablar, así se nos va toda la vida.

Durante el recreo te divertías como nunca, pero al término de jugar una y otra cosa, llegaba sin remedio el momento del regreso al salón de clases, ni hablar, ahí ibas para continuar atendiendo la sabiduría de los profesores, así como para anotar las tareas de las diferentes materias que se cursan en la primaria.

Las siguientes tres horas eran de conocimientos generales, así como de exámenes que definía el maestro o la maestra, según sea el caso. Para terminar el horario normal la maestra se dispone a dar el encargo de la funesta tarea del día siguiente, no saben cómo la odiaba, pero tenía que cumplir o ya sabes, lo que te esperaba.

Se me olvidaba platicarles de un asunto muy penoso para la comunidad entera, resulta que en esta escuela, como en todas en el año de 1962, ya existía un programa de desayunos escolares, los cuales vendían a precios populares, es decir a un costo muy por debajo de su costo real, es decir subsidiado; ¡que horrorosa palabra!, estos desayunos no llegaban a la población total de la escuela, sino que se escogía a los de más bajos recursos, y por veinte centavos se otorgaba dicha prestación.

Con esta explicación dedico unas cuantas palabras a lo que me di cuenta. A los gobiernos de todas las épocas les ha pesado distribuir un recurso que en obligación tienen como encomienda entregarnos a todos, pero que no lo hacen, porque sienten o creen que nos lo dan de su bolsillo, esto es patético, pero así es, y eso refuerza a nos comportemos como una sociedad conformista.

Ahora regreso a lo que interesa. Se termina la hora de la escuela y te encuentras con una romería de vendimias de todo tipo: tortas, jícamas, cocos, tacos, gelatinas, etc. En la tienda de Juanita vendían larines, el chicle, para el álbum, era la llave para destapar el premio de una máscara, y otras cosas, pero por falta de recursos no podías comprar más que una sola de tantas.

Dando vueltas por estos lugares nos encontrábamos algunos amigos que se retaban entre sí para hacer una disputa de canicas, los más avezados en estos asuntos aceptaban el reto y se hacia el juego, ya saben, ¡era rueda y ahogado!, cualquiera de los dos juegos era bueno y contendían tres o cuatro personas, pero todos tenían la suerte de ganar alguna vez treinta o cuarenta canicas de un solo juego, sin embargo no se ganaba todos los días.

En una ocasión ya estaba a punto de ganar el juego, solo me faltaba un compañero por vencer, que no era el mejor, de pronto siento un gran golpe por la espalda ¿y qué creen?, era mi padre, al que ya se le había acabado su paciencia y al ver que no llegaba se acercó a ver qué pasaba, ¿y qué pasaba? ¡que la niñez olvidaba!, ¡olvidaba que yo tenía responsabilidades y había que regresar pronto a la panadería para continuar con los deberes que se me encomendaban!

En lo que a la panadería se refería, ésta se encontraba a la vuelta de la escuela. Tenía uno que cambiar de ropa otra vez para regresar al despacho. No hablo de una oficina, sino de despachar los panes.

En el entorno de una panadería existen maravillosas cosas, entre tantas te das cuenta de cuantas cosas se desarrollan, ver por ejemplo toda la ceremonia para fabricar el pan de todos los tipos y descubres que es toda una artesanía, desde cualquier punto de vista.

Tan solo darte cuenta que se tiene que encender un horno por tres o cuatro horas para poderlo calentar y así poder coser adecuadamente en la temperatura requerida toda la producción que se necesite para la ocasión.

A las cinco de la tarde estaba lista toda la producción y nos enfilamos nuevamente a realizar el conteo necesario para salir a realizar las entregas que siempre se hacían, mañana y tarde.

Como olvidar el carro studebeiker que mi padre tenía y en el que él nos llevaba para ver como se hacía el entrego y así fuéramos aprendiendo y descubriendo todo el entramado de esta industria maravillosa.

Esas tardes de entrega, en que las montañas del poniente del Distrito Federal se nos hacían tan cercanas y parecía que las teníamos al alcance de nuestras manos, frente a nuestros ojos, veíamos La Loma de Padierna, El Cerro del Judío, San Bernabé y la torrecita de su iglesia, lo mismo que El Ermitaño, La Carbonera, Los Dinamos con La Coconetla, El Xitle, y el majestuoso Ajusco.

Tampoco olvido ese olor a tierra mojada, y que no era ajeno a nuestra capacidad de asombro, porque también podíamos disfrutar cotidianamente de la naturaleza y sus manjares de sol; luna y estrellas, y algunas veces neblina o torrenciales aguaceros que varias veces llegaron a asustarme y con mucho trabajo logré superarlo.

Al término de la entrega de los pedidos, ya de regreso a casa, se guarda el poderoso automóvil para el descanso necesario y regreso otra vez al despacho, un par de horas más, para concluir un día de cotidianas labores.

Pero también, después del trabajo para conseguir el sustento familiar, me tenía que sentar a realizar la tarea de la escuela, porque si no cumplía… ¡ya saben!.

Siendo niño sin duda jugué y me divertí, no obstante tenía dos obligaciones irrenunciables: estudiar y trabajar.

Estas cosas son hermosas, yo así las viví, pero ya no están más en mi pueblo, ya no están más aquí.

Hoy San Jerónimo es distinto, pero para mí sigue siendo muy bello, sin duda como nunca lo fue.

¡Pero en aquel entonces San Jerónimo Aculco tenía un no sé qué!