Pueblo San Jerónimo Aculco Lídice
Historia, Memoria e Imagen

“EL ATORÓN” Y OTRAS TIENDAS DE MI PUEBLO SAN JERÓNIMO ACULCO LÍDICE

admin | Miércoles, abril 25, 2018

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Casi todos los días paso frente a lo que fue la tienda “El Atorón”, pero hoy me detuve porque no podía cruzar la avenida San Jerónimo, mientras tanto, observaba esa construcción que ocupaba y vinieron los recuerdos de esas idas y venidas a la tienda.

Unos días después platicando con otros vecinos, entre ellos Hilario Lima Moreno, recordamos que frente a lo que fue “El Atorón” sobrevive otra construcción de paredes de adobe y techo de bigas y ladrillos que fue propiedad de la familia Moreno, justo del otro lado de la esquina con la Calle Magnolia donde sigue funcionando el último bitoque público.

Concluimos el comentario que han respetado la fachada de la construcción de esa antigua tienda conocida como “El Atorón”, a pesar de que han pasado muchos años, lapso en el cual allí mismo han abierto otros negocios, actualmente ahí venden carnes al carbón.

A partir de ese comentario empecé a retroceder en el tiempo, pero mucho tiempo atrás, has de saber que ya no me cuezo al primer hervor, pero quiero compartir contigo los recuerdos de “El Atorón” y de otras dos tiendas más que eran las que me quedaban más cerca de casa.

Del tiempo del que te voy a platicar no todas las calles del pueblo estaban pavimentadas o contaban con empedrados, pero yo ya tenía mi carrera de “IBM” bien ganada, pues era la mandadera oficial, era a la que mamá decía “…y veme a comprar esto, y veme a traer aquello…” yo era una niña sumamente inquieta, y supongo que por eso mi mamá me mandaba a la tienda cuando le hacía falta algún ingrediente para la comida.

Me gustaba que me mandara porque a veces me daba un quinto para mi golosina. Supongo que entonces tendría como seis años de edad y, como no alcanzaba el mostrador de la tienda que en la actualidad todavía está y que es una plancha de cemento, yo me paraba de puntitas y en él me apoyaba con las palmas de la mano para impulsarme fuerte, así es como quedaba de panza sobre el mostrador de cemento, ¡ah, pero eso sí, siempre junto a la vitrina de los dulces! Supongo que por eso a veces traía el vestido descosido.

Ya de panza en el mostrador comenzaba como perico a repetir lo que mi mamá me encargaba y decía “…Doña Jesusita quiero cominos, quiero cominos, quiero cominos…”, u otra cosa que me encargaba. Al principio era muy insistente en mi demanda, pero empezaba a observar los dulces de la vitrina que eran muy variados y se me hacia agua la boca, como quien dice se me caía la baba y me distraía.

Ya cuando me atendían a veces confundía los cominos con el anís, o si eran chiles anchos lo que tenía que comprar, pedía chiles pasillas o mulatos en su lugar, ah, pero eso sí, yo muy segura lo podía.

Cuando llegaba a casa con el mandado mi mamá me regañaba y me decía “deja eso ahí y saca dinero de mi bolsa para que compres lo que te estoy pidiendo”. Por culpa de esa vitrina salía yo regañada ¿y cómo no, a esa edad a que niño no se le antojan los dulces? Había chicles de bola de colores, molinillos, tofícos, trompadas, coquitos, pirulies, dulces de semilla de ajonjolí, paletas mimi, chicles Adams de canela; menta o hierbabuena, o chicles rectangulares de color rosa que traían una calcomanía que la humedecías y quedaba plasmado el diseño, por lo regular nos lo poníamos en el brazo. Como tú verás, ya nos tatuábamos desde entonces. También había otros chicles envueltos en papel aluminio muy delgado, eran de diferentes colores con diversos diseños, y esos los poníamos en los libros. Además había cocadas amarillas y blancas, así como una gran variedad de galletas. Recuerdo que a veces pedía galletas de animalitos, cuándo no me las envolvían mis manitas eran insuficientes por la cantidad de galletas que me despachaban.

La dueña de la tienda se llamaba Doña Jesusita. Recuerdo que era una señora de piel blanca, chapeada y muy sería. Y su esposo se llamaba Don Eulogio, siempre traía su sombrero de fieltro, siempre muy bien vestido y muy pulcros los dos, lo mismo que su hija única que llevaba el nombre de Esperanza, que no era tan sería como su mamá. Recuerdo que ella me decía “bájate del mostrador porque te vas a caer”, pero yo no le obedecía y seguía de panza en el mostrador, si no le hacía así, no me atendían pronto.

Ahora que veo la plancha de cemento que era el mostrador no la veo de mucha altura, pienso que sucedió una de dos, o han subido el nivel del piso o yo estaba muy enana a mis 6 años de edad.

Como verá siempre fuimos muy dulceros mi familia y yo. Déjame que te presuma: En casa, después de comer, acostumbrábamos postre, bueno, yo creo que en todas las casas, ya que aquí se daba mucha fruta y supongo que se las preparaban en dulce. Aunque fuera muy humilde el postre cómo saboreábamos esos dulces, aparte de la plática de sobremesa, la que a veces era plática de adultos u otro asunto que se debiera tratar.

Como te repito, aquí se daba mucha fruta, la comíamos en almíbar, jalea, mermelada o cristalizada, o postres de leche, pues teníamos establo. La leche no nos faltaba para tomar, aparte de la que tomaban los becerros del corral, pues no se dejaba sin alimento a los becerros de Don Fernando y Doña Victoria.

Regresando a los postres, cuando no había mi papá nos daba una cucharadita de cajeta, otras veces un dulcecito de la tienda, o un chocolate larín. Recuerdo que eran de almendras, avellanas, o el blanco y negro, ése era mi favorito. Sí que mi papá se ponía guapo cuando había para mis chocolates, pero cuando las finanzas familiares andaban bajas o, mejor dicho, por las nubes: mi papá partía una tablilla de chocolate Abuelita o Morelia, o partía un piloncillo en pedacitos y a cada quien nos daba un trozo, otras veces un pan con miel y nata. A veces, cuando los domingos pasaba el merenguero nos compraba nuestro merengue, o las alegrías y pepitorias, o bien mi mamá preparaba natillas, gelatinas, jiricayas, dulce de leche quemada, arroz con leche, chongos zamoranos – que son los calostros- el pan de garbanza, etcétera.

El culpable de que a mí y a mis hermanos nos gustasen los dulces, es mi papá, ya que él era antojadizo del postre y nos acostumbró a que debíamos disfrutar un dulcecito después de comer.

Déjame te digo que los chocolates vaquita, al mon ris y tin larin los comprábamos en la tienda de Don Lencho y Doña Paz, ellos exhibían sus dulces y demás mercancías en vitrinas alargadas que también servían de mostrador y también en unos vitroleros, allí también tenían unos dulces en forma de piña y de frambuesa; había además dulces de anís que tenían forma de cojincitos. Unos dulces que les llamaban zepelín, éstos yo no los recordaba, pero en una plática con Doña Alicia Gutiérrez y su hija Bertha montes los mencionaron, y en seguida vinieron a mi memoria y se me hizo agua la boca.

La tienda de Lencho tenía 2 entradas, una sobre la Avenida Guerrero, hoy Avenida San Jerónimo, y la otra por la Calle Asunción, ya que estaba en la esquina de ambas calles, a una cuadra de la Escuela Superior de Guerra, a ella acudían a comprar soldados y oficiales, y otras personas más de la zona. En esa tienda vendían de todo, pero también recuerdo que vendían tortas y refrescos. Como ya te habrás dado cuenta en ese mostrador no podía trepar de panza, porque tronaría los vidrios de la vitrina.

A mi alcance estaban las tiendas para todos mis antojos, te cuento que las galletas las compraba en la tienda de Doña Justina, ¡cómo recuerdo las galletas princesitas!, las que estaban cubiertas de betún de color y duro, sumamente dulce. Aunque no tenía permiso de ir a esa tienda porque tenía que atravesarme la avenida San Jerónimo, pero yo me daba maña; yo llegaba a casa con mis galletas escondidas bajo las axilas, aunque también a veces dejaba mi cucurucho en un árbol, para más tarde salir a saciar mi antojo.

Cuándo se trataba de comprar algún dulce, ya que no había preparado postre mi mamá, mi hermano al que le decíamos “Po” o yo estábamos prestos para ir a la tienda.

Creo que dejé una huella con mis idas a las tiendas, pero seguramente la huella es mayor en la tienda “El Atorón”, muy recientemente todavía se acordaban de mi, a pesar de que han pasado los años, -bastantes. Eso lo sé porque Esperanza, la hija de la dueña Doña Jesucita, cuando se encontraba a algunos de mis hermanos les preguntaba por mí, seguro me recordaba por lo molona y porque me trepaba de panza en el mostrador, pero aún así me mandaba a saludar, eso me llenó de emoción.

Después de tantos años, hoy, agradezco sinceramente a todos los vecinos dueños de la tienditas porque me endulzaron la vida con esos ricos dulces, galletas y chocolates, pero además porque, como dicen por ahí, recordar es volver a vivir.

Vamos, te invito, acude con nosotros a platicar de tus recuerdos, si es que eres más o menos de mi edad, pero si eres más joven, para que conozcas como vivíamos en este Pueblo antes de que estuviera como hoy, seguro que te interesará saber que usos tenían las construcciones antiguas que aún perduran, o cómo eran las personas y sus familias, cómo eran sus callejones, veredas y huertas. Yo se que te divertirás, porque ahora me entero que esto que viví, a muchos otros niños también les dejó muy bonitas vivencias.

Por último, quiero comentarte que en la plática se comentó que así como a mí me gustaba que me mandaran a “El Atorón” porque podía comprar un quinto de dulces y golosinas, otros niños más tomaban a sus dueños, Don Eulogio, Doña Jesusita y Esperanza como fuente de inspiración para jugar a la tiendita. Nadie de ellos quería ser cliente, todos querían estar atendiendo del otro lado del mostrador; hasta imitaban a Don Eulogio con todo y su discapacidad. Seguramente los imitaban porque así, en su imaginación, eran dueños de ese inmenso mundo de dulces, golosinas y demás mercancías por las que a diario nos mandaban nuestras mamás.

Y, ¿Qué crees?. Que pasados algunos años se me hizo realidad. Mi familia y yo tuvimos tienda, mi madre se dio a la tarea de buscar la concesión de la “Conasupo” para vender productos más económicos, al principio se llamaba la “Ceimsa”, después ya fue la “Conasupo”, y también se distribuyó la leche de esa marca y el pan “Roll”, y a decir verdad fue pesado para mis padres, ya que la leche no tenía horario de llegada, como podía llegar a las 10, 11 de la noche, o en la madrugada; 2, 3 de la mañana. El panadero ese sí tenía palabra de honor–acá entre nos el panadero estaba guapo- llegaba a las 6:00 de la mañana y a esa hora empezábamos a repartir la leche y se abría la tienda, ésta era grande y bien surtida, se vendía de todo.

Cuando te digo de todo ¡es todo!; desde un alfiler hasta zapatos, ropa, cuadernos, piñatas, flores, listones, juguetes, cubetas, verduras, latería, etcétera. Era una tienda de pueblo. Se tomaba mucho en cuenta la temporada de festividades, ya fuera navidad, muertos, semana santa o fiestas patrias.

Ahora estoy del otro lado del mostrador, te puedo decir que también fue una época bonita, aunque un poco sacrificada y de mucho corre y corre para un lado y para otro. Para atender la clientela nos turnábamos unos hermanos en la mañana y otros en la tarde, pues seguíamos estudiando.

Al final se traspasó la tienda, ya la mayoría de hermanos teníamos una profesión u otro negocio que atender, y como dice el dicho: “El que tiene tienda que la atienda, si no, que la venda”

Hoy, a nombre de mis hermanos doy un agradecimiento póstumo a mis padres Fernando Vertiz Sosa y Victoria Vara de Vertiz que nos enseñaron a ser gente de trabajo y de palabra -cómo decía mi mamá: “la palabra no se unta”, también decía “por humilde el oficio hay que hacerlo bien”

Bueno, con tu permiso, no es por dárselas a desear, pero tengo unas rica capirotada que está impacientes de ser degustada, casi me dice cómeme, pruébame, saboréame, ¡que sabrosa está! ¿gustas……….?

Pueblo San Jerónimo Aculco Lídice, Febrero de 2013