Pueblo San Jerónimo Aculco Lídice
Historia, Memoria e Imagen

EL TREN EN LA VIDA E HISTORIA DEL PUEBLO SAN JERÓNIMO ACULCO LÍDICE

admin | Miércoles, abril 25, 2018

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Aunque la última vez que el tren pasó por el territorio del Pueblo San Jerónimo Aculco Lídice fue en 1997, y a pesar de que los rieles y durmientes de sus vías fueron retiradas el año 2004 para construir la ciclopista; las huellas del ferrocarril siguen presentes en la historia, territorio y memoria de los vecinos.

El tren de vapor cerca del Ajusco, tomada de: H. F. Schlattman Photo, View on the Line of the Mexico, Cuernavaca & Pacific Railway, 1896. Biblioteca especializada, CEDIF/CNPPCF/CNCA, Fondo Méndez Quijano – Zirión

En la memoria de algunos mayores todavía están presentes los comentarios de personas ya fallecidas sobre diversos acontecimientos que tienen que ver con el tren, como las escenas vividas en San Jerónimo Aculco el día en que se inauguró la ruta México –

Cuernavaca. Precisan que en vísperas del 12 de diciembre de 1897 el Pueblo San Jerónimo Aculco estaba más que preparado para aprovechar la inauguración de la ruta; ya que por su territorio, entre sus casas, huertas, arroyos y veredas que componían su paisaje cruzaría el más poderoso personaje de México y lo haría en el viaje inaugural del tren de pasajeros México – Cuernavaca.

No era para menos, se tenía la esperanza de que Porfirio Díaz resolviera la principal preocupación de los vecinos de entonces, que era la merma en el suministro de agua del Río La Magdalena debido a la creciente demanda de fábricas, haciendas y ranchos de la región.

Los vecinos querían plantearle directamente el problema al Presidente, para que le diera urgente solución, ya que el cultivo con agua de riego era la actividad económica más importante, de ella dependían casi todas las familias del pueblo.  De igual manera, esa agua era la que empleaban prácticamente todos para el aseo personal y la preparación de alimentos.

Para que el convoy en el que pasaría el Presidente Díaz hiciera un alto en el camino los vecinos hicieron pancartas y a las jovencitas y niñas se les vistió de blanco.

Era un hecho que el presidente cruzaría por el territorio de su pueblo en el Ferrocarril México – Cuernavaca, ya que cuatro años atrás, cuando el ferrocarril ya había comenzado a surcar el poniente de la Ciudad de México para llegar hasta Mixcoac, el Presidente llegó hasta la estación San Pedro de los Pinos para inaugurar la primer etapa de la ruta.

Sabían que él cifraba en la red ferroviaria el crecimiento económico de las diversas regiones geográficas y ramas productivas.

Desde entonces se apostaba por el turismo para lograr el desarrollo de la ciudad de Cuernavaca.

El ferrocarril estaba llamado a ser el medio de transporte que impulsaría esa actividad, aprovechando la cercanía de la capital de Morelos con la capital del país. El ferrocarril México – Cuernavaca – Balsas se construyó en 4 etapas. La primera de ellas tuvo una longitud de 16 Km y llegó hasta las inmediaciones del hospital psiquiátrico La Castañeda, cerca de Mixcoac. Está fase del tren se inauguró el 2 de abril de 1893, fecha especialmente simbólica, ya que ese día, pero 26 años atrás, las tropas mexicanas encabezadas por Porfirio Díaz derrotaron a las francesas durante su segunda intervención.

La segunda etapa de construcción comenzó a funcionar dos años y medio después, en septiembre de 1895, con lo que el ferrocarril llegó hasta el poblado de Tres Marías, en los límites del Distrito Federal y el estado de Morelos. En esta etapa se construyó la estación de

Contreras con su patio de maniobras, justo en las colindancias de la fábrica de hilados y tejidos del mismo nombre.

Es en esta época que para lograr la construcción de la vía se expropiaron fracciones de diversos terrenos de San Jerónimo, patrimonio de las familias Vertiz; Trejo, Pérez, Alarcón, Palomares, Heredia, García, Romero, entre otras. Muchos terrenos quedaron cercenados con la apertura de la brecha para el tendido de las vías, ello subdividió propiedades y dio lugar a la modificación de linderos y del padrón de propiedades.

Desde ese año de 1893, y a medida que avanzaba la obra, el territorio del Pueblo San Jerónimo Aculco fue escenario de un intenso tráfico de materiales, así como del desplazamiento de personal y equipo para la construcción del tendido de las vías.

A lo largo de los 2 kilómetros que comienzan en la Barranca de Texcalatlaco, en la colindancia con las tierras del Pueblo de Tetelpan y que terminan en la Barranca del Rosal o de San Jerónimo, en el límite sur de nuestro Pueblo; se registró una gran actividad de trabajadores, primero para la construcción del camino y de los 4 puentes necesarios para cruzar las barrancas de Texcalatlaco, La Coyotera, el Arroyo Chico y la de San Jerónimo, y después para la colocación de rieles y durmientes.

Las actividades constructivas incluían la remoción de grandes cantidades de roca, tierra, ladrillos, grava, arena, cal y cemento para como madera, durmientes, rieles, clavos y zapatas para el tendido de vías.

Por nuestro pueblo a diario se movían las cuadrillas de albañiles; peones de vía; carpinteros, armoneros, bodegueros, ingenieros civiles, topógrafos, ingenieros residentes, reparadores y mayordomos de vía, los que llegaron a establecer relaciones con los vecinos de la localidad.

Seguramente algunas de esas relaciones culminaran en historias de pareja. Lo que sí es un hecho indiscutible es que hubo cercanía y convivio entre vecinos y ferrocarrileros, convivencia que dio pie al relato que comenta Leonila Camacho Martínez. Leonila es hija de Diega Martínez Romero y Salvador Camacho Cabañas.

Dieguita, como muchos conocieron a su mamá; de niña cayó de una escalera, ese accidente le afectó uno de sus pies. Ella nunca olvidó que uno de los obreros que trabajaban en la construcción de la vía del tren le dio a su mamá, Guadalupe Romero Alarcón, un remedio para que recuperase su movimiento.

Ese remedió consistía en meter la extremidad afectada en las entrañas de una res recién sacrificada; con ése calor interno del animal se calentarían músculos, tendones y articulaciones, con lo que recuperaría el movimiento. El remedio convenció tanto, a Doña Lupe y a su esposo Porfirio Martínez Carrillo, los que estuvieron al pendiente de saber quién, dónde y cuándo mataría algún animal para que oportunamente allí estuvieran con la niña Dieguita.

En aquel entonces, eran varias las familias que tenían vacas para producir leche y reses para carne que podrían programar un pronto sacrificio del animal. La casa de la familia Martínez Romero estaba sobre la Calle Guerrero, hoy Avenida San Jerónimo, justo en la esquina de Asunción, donde hoy se encuentra un consultorio dental y una academia de enseñanza de música. Frente a esa casa, había una pulquería y lonchería, hasta allí iban los trabajadores del tren a comer. En esas visitas vieron a la niña lastimada y un buen día alguno de ellos se animó a preguntarle a la mamá sobre su condición.

En ese sencillo diagnóstico el ferrocarrilero basó su recomendación, la que Doña Lupe y Don Porfirio siguieron al pie de la letra, sin embargo, Dieguita nunca recuperó la función ni el movimiento de su pie. No son pocas las historias que se tejieron entre vecinos de San Jerónimo y constructores de la vía del tren durante el tiempo de las obras, pero también después de terminada la construcción de la ruta, ya que los ferrocarrileros mantuvieron una presencia constante, pues se requería darle mantenimiento ordinario, así como de reparaciones por sabotajes, entre ellas los que se produjeron por el advenimiento de la Revolución Mexicana.

Once años después de haberse concluido la construcción del Ferrocarril México – Cuernavaca – Balsas, sus vías; puentes, trenes y usuarios fueron objeto de ataques que comenzaron por marcar el fin de la época porfirista. La violencia incluyó asaltos a trenes de carga y de pasajeros; voladura de vías y puentes, incendios de estaciones.

En principio, los ataques eran propiciados por el levantamiento maderista y tenía el propósito de obstaculizar el movimiento del ejército porfirista, cortar la comunicación y el abastecimiento del enemigo mediante el sistema ferroviario. Una vez terminado el régimen porfiriano, los zapatistas y otros grupos rebeldes persistieron en su lucha, es así que en 1912 las vías del Ferrocarril México Cuernavaca – Balsas fueron objeto de múltiples acciones militares, las que tenían el propósito de aislar a la ciudad de Cuernavaca e interrumpir el tráfico entre esa ciudad y el Distrito Federal. En esta etapa, entre finales de 1910 y principios de 1913, los revolucionarios habían incendiado entre 2,500 y 3,000 carros al Ferrocarril México – Cuernavaca – Balsas, ello se registra en el informe que la Junta Directiva de los Ferrocarriles Nacionales entregó al ministro de hacienda de Victoriano Huerta, apenas a unos cuantos meses después del golpe de estado perpetrado contra Madero.

Saber que las tropas combatientes en la Revolución vieron al ferrocarril como un medio estratégico para sus acciones militares nos motiva a imaginar escenas de tropas revolucionarias, soldaderas y del ejército federal desplazándose en tren en el territorio de nuestro pueblo. No se descarta, hay diversos relatos de la leva y de estancia de tropas combatientes en nuestro Pueblo.

Serenado el país y la región, el Ferrocarril México – Cuernavaca – Balsas reanudó su servicio y no lo suspendió sino hasta que cumplió 100 años. Durante todo ese tiempo la vía del tren se hizo parte del paisaje de San Jerónimo, mientras que el paso de los trenes se volvió referente para la vida de la comunidad y hasta un distintivo de su belleza. Así lo retrató José Ángel Espinoza “Ferrusquilla” en la letra del corrido que le compuso a San Jerónimo.

El tren de pasajeros fue una oportunidad para sobrevivir con la venta de alimentos y bebidas que aprovechó muy bien la Sra. Josefina Castañeda, vecina de nuestro Pueblo, quien muy temprano, por las mañanas, esperaba abordar el tren con sus quesadillas y sus atoles de sabores diversos en el cruce de la vía y la entonces llamada Calle Vicente Guerrero.

Ella, por muchos años, vendió sus alimentos en el trayecto que concluía en la Estación Tres Marías, ahí terminaba su vendimia y ahí mismo esperaba el convoy que la regresaba al Pueblo de San Jerónimo Aculco. Era una concesión muy especial que le hacían los maquinistas, ya que aquí nunca hubo estación alguna.

El tren también permitió que muchos vinieran a disfrutar de los atractivos de la región, especialmente del agua de sus ríos, el paisaje de sus montañas, la deliciosa abundancia de sus huertas y milpas. Dado que no había estación en el Pueblo, los paseantes llegaban a la estación de Contreras en el tren de la mañana, de ahí agarraban camino para distintos rumbos, parajes y pueblos; a esa estación regresaban por la tarde a esperar el que los llevara de regreso a la ciudad.

El constante paso de trenes, la convivencia con maquinistas, garroteros, armoneros y rieleros tuvo influencia en la comunidad; ya que algunos vecinos se hicieron “compitas” enrolándose en la empresa como trabajadores y perduraron en ella hasta alcanzar su jubilación, es el caso de Ricardo Jiménez Romero, Juan Martínez Peña, Bernardo Moreno García y Josafat Moreno, todos ya fallecidos.

Pocos ignoran que nuestro Pueblo San Jerónimo Aculco cuenta con el equipo de fútbol “Rieleros”, un conjunto de larga trayectoria y tradición, en el que han desfilado un sin fin de jugadores de varias generaciones que por muchos años ha sido dirigido por Filiberto Palomares Puebla, ese equipo llevó por un buen tiempo grabado en su escudo un tramo de vía de ferrocarril y un ramillete de tejocotes. Se cuenta que el germen de su conformación se dio en el cruce de la vía del tren y la Avenida San Jerónimo, donde solían reunirse los jóvenes que lo fundaron.

El paso del tren significaba una oportunidad de distracción y diversión para muchos, algunos lo esperaban simplemente para contemplar su paso y saludar a los pasajeros regulares o clandestinos, otros más, para viajar de “mosquita”, que era subirse a él en pleno movimiento, lo que requería valor, destreza, agilidad y osadía. Las “mosquitas” se practicaban básicamente en el de carga, ya que iba más lento que el de pasajeros.

En las “mosquitas” destacaban los hombres como Melquiades García, los hermanos Jiménez Alarcón, Lino Salazar, los hermanos Santillán Retama, o los Vertiz Vara. En aquel entonces los obreros que trabajaban en las fábricas de Contreras también lo abordaban furtivamente para regresar a su trabajo luego de haber venido a sus casas a almorzar. No obstante hubo mujeres como las “pingas” Graciela, Carmen, Josefina y Margarita Martínez González, así como Leonila Camacho y sus hijos Alfonso y Rocío que no se quedaban atrás y se echaban “mosquitas” como los mejores.

Por esa razón alguien más llevó el apodo de “el cabús”, dada la frecuencia con que se veía treparse en la máquina del convoy y proseguir su viaje en el último carro. Destreza y osadía es lo que hizo posible que un pequeño niño acabara sentado en el cabús del tren disfrutando del tan anhelado primer viaje de “mosca”. Juan Santillán Retama difícilmente lo hubiera hecho por sus propios medios debido a su corta edad, pero “el Chicas” sí fue capaz de tomarlo entre sus brazos, correr junto al tren y en el momento preciso sujetarse del pasamanos e impulsarse para quedar arriba de esa gran máquina de acero.

Ya estando arriba buscó el mejor lugar para sentar al pequeño Juan, quien de esa manera, por vez primera, experimentaba ver como se alejaba del sitió desde donde casi a diario contemplaba el paso de la locomotora. Antes de la osadía de “el chicas”, ya también Joaquín Camacho hacía lo propio llevando en alguno de sus brazos a su hijo Rosalío. Margarita González no olvida la escena de ver a su primo Agustín sobre los carros plataforma.

Él no perdía la oportunidad de subirse cuando el convoy las incluía. Estando arriba se hincaba justo en la mitad de la plancha y se cruzaba de brazos para recibir de frente el aire que abrazaba su cuerpo. Ella tampoco olvida la imagen cotidiana de Julián Rivera, “el Chirrín”, que iba de “mosca” en el tren rumbo a Contreras, pero sin soltar la rienda de su caballo que galopaba a la misma velocidad junto a la maquina, un poco atrás también corría su perro. “El Chirrín” diariamente iba por pastura a la parcela ejidal de su papá Melitón Rivera, ya de regreso, el equino venía cargado de pasto y sobre esa carga regresaba el perro, mientras que Julián, caminando, seguía sin soltar la rienda. La memoria le trae la imagen de Don Saturnino, un maquinista que gustaba de saborear las frutas que aquí se cosechaban.

Al ir hacia Cuernavaca él bajaba la velocidad del ferrocarril sin detenerlo para poder recibir la bolsa de peras, membrillos, manzanas, tejocotes o lo que hubiera de temporada que ya le tenían preparada, a cambio y en el viaje de regreso, también sin detener la marcha, él arrojaba una bola de chapopote que gustosas esperaban, esa bola contenía las monedas con las que pagaba la suculenta mercancía.

El tren de pasajeros también fue un medio que permitió la amistad entre quienes acostumbraban ese transporte para venir a pasear a la región, ellos advertían donde empezaba y donde acababa San Jerónimo, apenas lo dejaban atrás se perdía de vista el exuberante follaje, el colorido y el aroma que le imprimían al paisaje la hierba del ángel, el maíz de teja, los duraznos, las frambuesas, las madreselvas, las bugambilias, la rosas “beibi”, la campanola morada o el cielo raso.

Algunas de las relaciones que se forjaron incluso acabaron en matrimonio, tal como lo recuerda Rosa Siria, ya que su mamá, Victoria Vara venía de paseo cuando en una de esas conoció al joven Fernando Vertiz, su papá, con quien tiempo después contrajo matrimonio. La amistad con maquinistas también hizo posible Josefina Martínez González, Guillermo y Gabriel Vertiz Vara conocieran las entrañas de las locomotoras, y que viajaran con la anuencia de los garroteros, o que recorrieran cada carro del convoy. Eso les permitió realizar operaciones sencillas de las maquinas de vapor, entre ellas, accionar la estruendosa corneta o la campana con la que el tren anunciaba su proximidad, aunque también purgar accidentalmente un sistema neumático, lo que a todos asustó.

Ese apego al ferrocarril en algunos casos era fascinación, el sonido de las ruedas chocando contra las uniones de los rieles era hipnotizante, lo mismo que ver acercar o alejarse las fumarolas de humo y de vapor, lo que sacaba a niños, jóvenes y adultos de donde se encontraran. Así nos lo comentó Guadalupe Jiménez Alarcón, é junto con sus hermanos dejaba de lado las faenas del campo para distraerse viendo el paso del tren o, en ocasiones echarse una “mosquita” para relajarse mejor.

Era irresistible el paso del tren, atraía a chicos y grandes, hombres y mujeres, no importaba dónde anduvieran o que estuvieran haciendo; pocos escapaban de aquel encanto, así lo recuerda Margarita, a quien el tren la sorprendió cuando le probaban el vestido de color de rosa con el que al día siguiente bailaría su vals de salida de sexto, cosa que era la primera ocasión que se iba a realizar en la primaria.

Esa vez ni el vestido se cambió para salir corriendo a echarse la acostumbrada mosquita; aquella ocasión pudo comprobar que la hechura de su vestido era perfecta, asimismo, puso a prueba la calidad de las telas sintéticas, ya que por llevarlo puesto tuvo que lavarlo luego de que al bajarse del tren en marcha cayera en un charco de agua verdosa.

Al día siguiente, ella bailó con su vestido impecable. Esa atracción también tuvo su lado trágico, ocurrieron diversos accidentes, varias personas perdieron extremidades e incluso la vida bajo esas ruedas metálicas. Hubo autos o autobuses de pasajeros que intentaron ganarle el paso y quedaron hechos chatarra en el intento. Entre esos accidentes hubo algunos muy crudos sin que estuviera de por medio una mosquita; tal como le sucedió a Juan y a Fidel, juntos sufrieron la amputación de diversas extremidades.

El 20 de marzo de 1990, en la estación de Contreras, se desenganchó el convoy de su máquina, lo que ocasionó que los carros tanque, góndolas, vagones, plataformas, tolvas y cabus rodaran vía abajo sin control, ellos cobraban cada vez mayor velocidad.

En su carrera sin freno arrolló a una combi de pasajeros en el cruce con la Avenida San Jerónimo, donde varios pasajeros fallecieron; luego terminó su marcha casi 200 metros más abajo cuando se descarriló y algunos carros cayeron sobre una vivienda, ahí murió una jovencita que dormía la siesta. En cuanto accidentes el último viaje del Ferrocarril México – Cuernavaca –Balsas no fue la excepción, a pesar de la promoción que se hizo de él, del cuidadoso operativo que se instrumentó para ese 16 de junio de 1997, y de que haya tenido pasajeros especiales que gozaron de servicio de cafetería y meseros a bordo.

No obstante todo ello, el tren movido por las máquinas 9237 y 9245 se llevó a 2 autos estacionados junto a las vías, justo en el cruce con la Calle Ocotepec, por fortuna nadie sufrió ningún rasguño, pero si el retraso en el viaje durante el tiempo que se retiró la chatarra. Entre los pasajeros de ese último estaban directivos de Ferrocarriles Nacionales de México y del entonces Departamento del Distrito Federal. Ese paseo se realizó para anunciar la construcción de una línea de trolebús sobre el derecho de vía del ferrocarril que cubriría una ruta de 24 km entre La Magdalena Contreras y el Toreo de Cuatro Caminos, construcción que nunca se concretó debido al rechazo de nuestro Pueblo y de colonias situados a lo largo de la ruta. En su lugar, durante el 2003 y 2004 se construyó la ciclopista.

Así como en ese último viaje del Ferrocarril México – Cuernavaca – Balsas hubo servidores públicos de cierta fama, el viaje inaugural realizado 100 años atrás también los incluyó, a diferencia de que en aquel se transportaba el mismo Presidente Porfirio Díaz, quien se hizo acompañar de Francisco Mena, su Secretario de Comunicaciones, además del constructor y concesionario de la línea, entre otros personajes más.

Consuelo Martínez Peña recuerda, porque su papá Cruz Martínez Romero se lo contó, que a diferencia del último viaje en que la chatarra de 2 autos detuvo la marcha del convoy, en el viaje de inauguración de la línea México – Cuernavaca ni las pancartas de nuestros mayores; ni el candor de niñas y señoritas vestidas de blanco lo pudieron detener, el tren de vapor siguió su trayectoria tal y como estaba previsto.

La comitiva oficial paso por San Jerónimo aquel 11 de diciembre de 1847 sin que el Presidente se enterase del problema que aquejaba a nuestro Pueblo, el tren llegó sin contratiempo a la Estación Cuernavaca. México D. F., enero de 2013 Referencias

http://www.youtube.com/watch?v=-t30hzZvowQ

http://www.museoferrocarrilesmexicanos.mx/secciones/cedif/boletines/boletin_16/articles/mf16_04 _tierra_ferroviaria_ferrocarriles_y_maderismo.pdf

http://sic.conaculta.gob.mx/ficha.php?table=fnme &table_id=89